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HANS MAGNUS ENZENSBERGER |
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EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC
Canto IV
¡Aquellos sí eran buenos tiempos! Creía
en cada palabra que escribía y escribía
El hundimiento del Titanic.
Era un buen poema.
Recuerdo exactamente
cómo comenzaba, con un sonido.
“Se oye un rasgueo”, escribí,
“que se detiene. Silencio”. No,
no era así. “Un sutil tintineo”,
“el tintineo de la cubertería de plata.”
Si, era así cómo empezaba, creo.
Más o menos. Y así sucesivamente.
Cito de memoria.
He olvidado el resto.
¡Qué agradable sensación la de ser
ingenuo! No quería convencerme
de que la fiesta tropical había terminado.
(¿Qué quieres significar con “fiesta”? Era el apuro,
no finjas, el apuro y la necesidad.)
Ahora, pocos años después,
todo funciona ya,
hay zapatos para todos,
suficientes bombillas y desempleados,
nuevas maquinarias y reglamentos.
Siento frío en los huesos,
un anacronismo
dentro de un anacronismo.
Me llega el olor del carbón quemándose.
Allí donde Europa es más sucia,
allí vivo bajo estatuas de hierro
de los Hohenzoller, que se pudren lentamente,
y miembros del Comité Central,
en amarga y angustiosa miseria nacional,
y recuerdo, y reúno todas
mis remembranzas. No te preocupes,
solía decirme a mí mismo, no es más que un espejismo,
en realidad la isla de Cuba
no vacila bajo nuestros pies.
Y tenía razón yo entonces,
porque en aquella época nada zozobraba
excepto mi poema
acerca del hundimiento del Titanic.
Era un poema escrito a lápiz
en una libreta forrada
de negro, no tenía copia,
porque en toda la isla de Cuba
no había en aquella época una sola hoja de papel carbón.
¿Te gusta?, le pregunté
a María Alexandrovna, y entonces
lo metí en un sobre comercial.
Partió del puerto de La Habana
en una saca postal hacia París
y nunca más apareció.
Todos conocemos el resto de la historia.
Afuera está nevando. A veces
trato de retomar el hilo, y a veces,
como ahora por ejemplo, creo haberlo encontrado.
Tiro de él. El velo se rasga en dos
con un sonido silbante, y en la ancha luz del día
los reconozco a todos: a las mulatas,
al capitán de barba blanca,
a Dante (1265-1321), a Jerome el fogonero
(se ignora su nombre de pila) (1888?-1912),
al Viejo Maestro de Umbría
con las uñas manchadas de pintura,
nacido en tal año
y muerto en tal otro,
María Alexandrovna (1943- ) ...
Todos ellos, los
que murieron congelados, los que se ahogaron,
1217 en total, o 1500,
según otros. ¡Seguid discutiendo,
carcomas! ¡Seguid discutiendo, gusanos!
Yo sí los conocía a todos,
hasta a los cinco chinos, aplastados
como sacos de harina contra el entablado
del bote salvavidas. Creo reconocerlos,
pienso que viven todavía,
pero no estoy dispuesto a jurarlo.
De modo que estoy sentado aquí, metido
en frazadas, mientras afuera nieva. Y me divierto
con el final, el hundimiento del Titanic.
No hay nada mejor que hacer.
Como un Dios, dispongo de tiempo.
No tengo nada que perder. Me ocupo
del menú, de los radiogramas, de los ahogados.
Los recopilo, los rescato
de las negras aguas heladas del pasado.
Restos, frases rotas,
cajas de fruta vacías, grandes sobres comerciales
color cuero, empapados y manchados de agua salada,
recojo versos de las olas,
de las oscuras y cálidas olas
del Caribe, infestado de tiburones,
de versos desmembrados, de salvavidas
y souvenirs en torbellino.
Hans Magnus Enzensberger
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