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LUIS ROSALES |
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LA PREGUNTA
Estoy pensando en el misterio de que unas cuantas palabras
unidas puedan formar una pregunta;
una pregunta que en el momento mismo de nacer,
recién nacida,
puede abarcar la vida entera:
las ciudades que están expedientadas,
los trenes despidiéndose con cierto aire de orgasmo,
la prensa eyaculada y matutina,
las canciones, las mieses y los hombres.
El misterio comienza cuando algunas palabras que no se bastan a sí mismas
llegan a ser una pregunta,
esto es: una niñez,
una niñez eterna
que liga el mundo con nosotros
igual que una bisagra donde se junta el cielo con la tierra,
la palabra y su sombra de dominio,
lo natural, que duele, con su vasto silencio circundante.
Pero, además, estoy pensando que una pregunta sigue viviendo,
sigue siendo pregunta después de contestada
como un paisaje de Van Gogh sigue siendo paisaje
encerrado y enterrado en su marco,
sigue siendo anterior a la tierra,
sigue haciéndose tierra todavía.
Y estoy pensando, finalmente, que la pregunta es inextinguible
por lo que tiene de esperanza,
y que acaso algún día con lluvia en los cristales
se acercará Luis Cristóbal a mí ;
se acercarán a mí sus quince años,
desde todas sus horas,
desde todos sus días,
como los chopos, cuando el viento los mueve, muestran alegremente todas sus hojas a la vez,
se acercarán a mí para decirme de palabra en palabra:
¿Conociste a Azorín?
Luis Rosales
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